Nuestra Carmen quiere ser la crónica de un homicidio, del asesinato violento de una mujer.
La producción se aleja de una lectura costumbrista del título de Bizet. La libertad de Carmen no es una anécdota romántica: es aquello que su entorno no puede aceptar y el motivo por el que Don José convierte el deseo en posesión.
«La maté porque era mía».
La Barcelona de los años sesenta se convierte en el laberinto de esta tragedia. Los tablaos de las Ramblas, la fragancia de naranjas y de mar, el contrabando y la dureza de la dictadura no son decoración: construyen el mundo que observa, juzga y finalmente abandona a Carmen.
Poner a la mujer en el centro cambia la perspectiva de toda la obra. Don José y Escamillo dejan de ocupar el espacio heroico que a menudo se les concede y pasan a formar parte del mecanismo que reduce a Carmen a trofeo, propiedad o mito.
